Gestion del Conocimiento

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miércoles, 13 de julio de 2016

El valor del Conocimiento



Existe un consenso generalizado acerca de la importancia del conocimiento a lo largo de la historia de la humanidad, pero nunca como en los últimos años. Incluso, varios especialistas caracterizan a nuestra época, a partir de la revolución de las tecnologías de la información y la comunicación, como “Sociedad del conocimiento”. (A.David y D. Foray) (M.Castells)

Al margen del lugar que hoy ocupa el saber como motor del desarrollo, lo que todas la civilizaciones han sabido es que el conocimiento es poder, ya que el conocimiento da control sobre los demás –incluso siendo más poderoso que la fuerza bruta-. Siguiendo este argumento, podríamos estilizar dos modos extremos de ejercer el control sobre el conocimiento (el poder). El primero basado en la concepción de que el saber quede concentrado en unos pocos, los que a partir de su ilustración guiarán al resto, base de la “aristocracia”. Según como se ejerza esta figura, el mismo puede variar entre el modelo ideal de una clase ilustrada en una democracia griega (el gobierno como carga pública elegida por sorteo entre los “ciudadanos” –aquellos que detentan la formación y el conocimiento para ejercer el poder-) hasta la idea del poder concentrado en uno solo, como fuente de todo conocimiento y saber –la monarquía absoluta con fuerte raigambre en las religiones monoteístas (en particular la católica)-, pasando por el consejo de ancianos, druidas o sumos sacerdotes. En esta tradición, el pueblo –carente del conocimiento y el acceso al mismo- no gobierna, ni delibera, sino que es guiado por los “ilustrados”.

En el otro extremo, podemos visualizar la idea de la igualdad, como reacción a la opresión generada por los que “saben”. Es decir, todos somos iguales y tenemos igualdad de derechos para elegir y decidir. El poder no debe estar concentrado –ni en uno, ni en unos pocos- y todos podemos/debemos formar parte del “demos”. La democracia debe ser para todos, y no unos pocos.

Idealmente, es comprensible apoyar la idea de que nadie puede tener más derechos que otro, y que todos debemos tener la posibilidad de acceder a las mismas oportunidades. Sin embargo, y lamentablemente, eso no garantiza que todos tengamos el mismo conocimiento. Es decir, y separando por un momento la noción de conocimiento y poder, el saber no se distribuye igualitariamente. No se puede, ni es deseable. El saber demanda de profundidad, de ahondar en un campo, de elegir una temática, lo que obliga a desconocer las otras. Por más que hoy las nuevas tecnologías nos den acceso casi instantáneo y libre a infinita información, eso no significa que tengamos la posibilidad de saber sobre todo.

Si bien todos podemos realizar todas las tareas –con mayor o menor esfuerzo-, dada la condición de escasez del tiempo en el transcurso de una vida, es recomendable dividir la asignación de las mismas, lo que viene acompañado de un aprendizaje y acumulación de saber sobre cierta disciplina (no en vano, la Nona era la que mejor cocinaba y amasaba).

La economía así lo reconoce desde sus orígenes (tanto Adam Smith lo señalaba muy bien en La riqueza de las naciones a nivel de individuos y fábricas, como David Ricardo lo enfatizaba para el comercio internacional entre naciones).

Y esa división de tareas/saberes lleva a la especialización y, por ende, si bien todos debemos tener derecho a hacer valer nuestra opinión (es decir, no dejarnos gobernar por unos pocos “ilustrados”), también es cierto que hay quienes saben más que el resto sobre ciertas cuestiones y debieran ser escuchados como tales, al menos para poder tomar nuestra decisión con mayor información

Por momentos pareciera que nuestra sociedad se olvida del valor del conocimiento –y me refiero a la realidad más allá de lo discursivo– ya que da lo mismo lo que opina un comentarista de fútbol, un experto, o un actor, sobre cualquier tema. Es tan válido el saber acumulado en años de medicina que señalan la importancia de la vacunación, como ciertas modas de turno que llevan a tomar decisiones individuales en contrario (artículo en la Nación); da lo mismo la fotografía de un aficionado que la de un profesional (bancos de imagenes), importa lo mismo la opinión de un economista que la del carnicero (Samid en la tele).

Sin dudas, gran parte del problema deriva de la propia revolución que significaron las TIC, donde junto al tener tanta información al alcance de la mano, también surgieron más posibilidades tecnológicas para expresarse; al extender el Agora, también se expandió el caos y la confusión.

Quizás, justamente por ello, no esté de más recordar que el conocimiento tiene un valor –no sólo económico- y escuchar con más atención a los que saben, respetar su saber en el campo en el que se especializaron, y aprovechar mejor las ventajas que derivan de la vieja y buena división del trabajo, no sin ello soslayar el valor de la voz individual.

FUENTE

-https://alquimiaseconomicas.com/2014/09/09/el-valor-del-conocimiento/Consultado: 14/07/2016

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