Existe
un consenso generalizado acerca de la importancia del conocimiento a lo largo
de la historia de la humanidad, pero nunca como en los últimos años. Incluso,
varios especialistas caracterizan a nuestra época, a partir de la revolución de
las tecnologías de la información y la comunicación, como “Sociedad del
conocimiento”. (A.David y D. Foray) (M.Castells)
Al
margen del lugar que hoy ocupa el saber como motor del desarrollo, lo que todas
la civilizaciones han sabido es que el conocimiento es poder, ya que el
conocimiento da control sobre los demás –incluso siendo más poderoso que la
fuerza bruta-. Siguiendo este argumento, podríamos estilizar dos modos extremos
de ejercer el control sobre el conocimiento (el poder). El primero basado en la
concepción de que el saber quede concentrado en unos pocos, los que a partir de
su ilustración guiarán al resto, base de la “aristocracia”. Según como se
ejerza esta figura, el mismo puede variar entre el modelo ideal de una clase
ilustrada en una democracia griega (el gobierno como carga pública elegida por
sorteo entre los “ciudadanos” –aquellos que detentan la formación y el
conocimiento para ejercer el poder-) hasta la idea del poder concentrado en uno
solo, como fuente de todo conocimiento y saber –la monarquía absoluta con
fuerte raigambre en las religiones monoteístas (en particular la católica)-,
pasando por el consejo de ancianos, druidas o sumos sacerdotes. En esta
tradición, el pueblo –carente del conocimiento y el acceso al mismo- no
gobierna, ni delibera, sino que es guiado por los “ilustrados”.
En
el otro extremo, podemos visualizar la idea de la igualdad, como reacción a la
opresión generada por los que “saben”. Es decir, todos somos iguales y tenemos
igualdad de derechos para elegir y decidir. El poder no debe estar concentrado
–ni en uno, ni en unos pocos- y todos podemos/debemos formar parte del “demos”.
La democracia debe ser para todos, y no unos pocos.
Idealmente,
es comprensible apoyar la idea de que nadie puede tener más derechos que otro,
y que todos debemos tener la posibilidad de acceder a las mismas oportunidades.
Sin embargo, y lamentablemente, eso no garantiza que todos tengamos el mismo
conocimiento. Es decir, y separando por un momento la noción de conocimiento y
poder, el saber no se distribuye igualitariamente. No se puede, ni es deseable.
El saber demanda de profundidad, de ahondar en un campo, de elegir una
temática, lo que obliga a desconocer las otras. Por más que hoy las nuevas
tecnologías nos den acceso casi instantáneo y libre a infinita información, eso
no significa que tengamos la posibilidad de saber sobre todo.
Si
bien todos podemos realizar todas las tareas –con mayor o menor esfuerzo-, dada
la condición de escasez del tiempo en el transcurso de una vida, es
recomendable dividir la asignación de las mismas, lo que viene acompañado de un
aprendizaje y acumulación de saber sobre cierta disciplina (no en vano, la Nona
era la que mejor cocinaba y amasaba).
La
economía así lo reconoce desde sus orígenes (tanto Adam Smith lo señalaba muy
bien en La riqueza de las naciones a nivel de individuos y fábricas, como David
Ricardo lo enfatizaba para el comercio internacional entre naciones).
Y
esa división de tareas/saberes lleva a la especialización y, por ende, si bien
todos debemos tener derecho a hacer valer nuestra opinión (es decir, no
dejarnos gobernar por unos pocos “ilustrados”), también es cierto que hay
quienes saben más que el resto sobre ciertas cuestiones y debieran ser
escuchados como tales, al menos para poder tomar nuestra decisión con mayor
información
Por
momentos pareciera que nuestra sociedad se olvida del valor del conocimiento –y
me refiero a la realidad más allá de lo discursivo– ya que da lo mismo lo que
opina un comentarista de fútbol, un experto, o un actor, sobre cualquier tema.
Es tan válido el saber acumulado en años de medicina que señalan la importancia
de la vacunación, como ciertas modas de turno que llevan a tomar decisiones
individuales en contrario (artículo en la Nación); da lo mismo la fotografía de un
aficionado que la de un profesional (bancos de imagenes), importa lo mismo la opinión de un
economista que la del carnicero (Samid en la tele).
Sin
dudas, gran parte del problema deriva de la propia revolución que significaron
las TIC, donde junto al tener tanta información al alcance de la mano, también
surgieron más posibilidades tecnológicas para expresarse; al extender el Agora,
también se expandió el caos y la confusión.
Quizás,
justamente por ello, no esté de más recordar que el conocimiento tiene un valor
–no sólo económico- y escuchar con más atención a los que saben, respetar su
saber en el campo en el que se especializaron, y aprovechar mejor las ventajas
que derivan de la vieja y buena división del trabajo, no sin ello soslayar el
valor de la voz individual.
FUENTE
-https://alquimiaseconomicas.com/2014/09/09/el-valor-del-conocimiento/Consultado:
14/07/2016

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